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Prueba de manejo del Can-Am Maverick X3 XDS en el Nevado del Ruiz - Hombre DJ | Revista DONJUAN

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Probamos el Can-Am Maverick X3 XDS

Probamos el Can-Am Maverick X3 XDS en el Nevado del Ruiz
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Poder: eso es lo que se siente cuando se acelera una de estas máquinas todoterreno.

Cuando apareció el primer hueco, entré en pánico. El Maverick iba a más de 60 km/h por un estrecho camino destapado y ya era imposible esquivar el obstáculo. Lo único que hice fue agarrarme del timón, pensar en el golpe que sentiría e intentar advertirle a mi copiloto para que no saltara de su asiento. Pero no pasó absolutamente nada, no hubo ni salto ni golpe, mi cerebro quedó desconcertado por no recibir ningún cimbronazo y el copiloto siguió mirando por el paisaje, como si la trocha que había enfrente fuera en realidad un tranquilo camino pavimentado.

Lo que sucedió es que mi cerebro pensaba que no estaba en un UTV todoterreno, sino en el carro que suelo manejar todos los días. Pero después del segundo hueco, las neuronas parecían haberse acostumbrado a los 60 cm de suspensión del vehículo y no desaceleraban cuando aparecía un nuevo obstáculo en el camino. Y después del tercero, lo que hacían era ayudar a los ojos a buscar huecos cada vez más grandes para cogerlos a toda velocidad.

Era divertido.

Y es que el Can-Am Maverick es un juguete: una especie de buggy en esteroides capaz de andar por cualquier tipo de terreno. Un motor Rotax –de los mismos fabricantes de los karts más famosos– de 172 caballos de potencia con turbo, transmisión en las cuatro ruedas, varias opciones de manejo, caja automática y dirección asistida. Todo montado en una carrocería con puertas rígidas, sillas impermeables, barras antivuelco y tablero electrónico, pequeños detalles que hacen que uno se sienta con un equipamiento de lujo en medio de una trocha. En síntesis: un vehículo al que le pueden poner enfrente una roca casi vertical, un camino de herradura o una carretera llena de lodo y que va a superarlos solo con la ayuda de un conductor que simplemente pise el acelerador.

Es un día lluvioso en Manizales. Lo que en cualquier otra ciudad significaría correr a refugiarse de una tormenta, en la capital de Caldas es apenas un poco de viento. Las nubes se cierran sobre la cordillera central y mientras tanto una caravana de Can-Am empieza a acelerar a toda velocidad hacia el Nevado del Ruiz. Hay ruido, humo y olor a gasolina. Es un recorrido de 75 km que bordea el volcán y termina en una ruta en pésimo estado que conduce hacia el municipio de Murillo, en el Tolima. En algunas zonas la neblina es tan cerrada que a duras penas se pueden ver las luces del carro que va adelante y surgen quebradas crecidas que aparecen de improviso después de una curva.
Excelentes oportunidades para hacer derrapar el carro.

Y es que todos los que ese día manejamos este vehículo coincidimos en que era una experiencia de videojuego: manejarlo era tan simple como pisar el acelerador y controlar el volante. Tanto, que a pesar de las condiciones del clima y del camino, solo teníamos que preocuparnos por limpiar el barro que salpicaba el visor del casco.

Había otras preocupaciones, pero esas se habían quedado por fuera del Maverick.

Otros modelos del Can-Am, como el Defender, están adaptados para funciones específicas de trabajo en fincas y proyectos de difícil acceso. Foto: José Agustín Jaramillo

DONJUAN probó el Can-Am Maverick gracias a una invitación de Los Coches.

JOSÉ AGUSTÍN JARAMILLO
REVISTA DONJUAN
EDICIÓN 141 - NOVIEMBRE 2018

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