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Historia de la pandemia del coronavirus en Italia - Historias | Revista DONJUAN

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Italia: Tragedia en seis actos

Italia: Tragedia en seis actos
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Al momento de publicar esta crónica, Italia tuvo más de 650 muertos en un día por Covid-19. ¿Cómo este país se convirtió en uno de los más afectados por la pandemia?

Esta crónica hace parte de la edición especial sobre la pandemia del virus SARS-CoV-2 que será publicada en la edición 157 de DONJUAN el 26 de marzo de 2020.


El génesis

Mattia entró al hospital de Codogno, una pequeña ciudad situada a una hora al sur de Milán, el martes 18 de febrero. A pesar de ser atleta, sentía que le faltaba el aire y que sus pulmones no funcionaban con normalidad. Los médicos le hicieron una terapia respiratoria y lo enviaron de vuelta a casa.

Pocas horas después, su situación empeoró. En la mañana del 20 de febrero regresó al hospital, donde su caso fue catalogado como grave. Para ese momento, Mattia, un gerente de Unilever de 38 años, se debatía entre la vida y la muerte. “Cuando un enfermo no responde a los tratamientos normales, debemos pensar lo peor”, dijo Annalisa Malara, la doctora que lo trató.

Lo peor, para Malara, era una epidemia venida de China llamada COVID-19. Hasta ese momento era un mal lejano, que había obligado a los chinos a construir hospitales donde pudieran albergar a los pacientes contagiados. Europa, como el resto del mundo, consideraba al coronavirus como una gripa fuerte, que afectaba más que nada a los ancianos y a las personas con sistema inmunitario débil. Mattia no estaba entre la población de riesgo, pero la doctora sabía que había que explorar todas las posibilidades.

Malara citó entonces a la esposa de Mattia, que tenía ocho meses de embarazo. Ella le explicó que a fines de enero habían estado en una cena con amigos, uno de los cuales había regresado de China hacía poco. La doctora hizo la prueba y Mattia dio positivo para coronavirus. Era el paciente 1, el primero infectado en territorio italiano.

Había comenzado el infierno.

Una fila de alrededor de cien personas en un supermercado. Todas guardan la distancia de aislamiento. Foto: (CC BY-SA 4.0) Ian Art Photography.

El contagio

Lo primero que hacen los científicos en casos de epidemia es buscar al paciente cero. Han hecho esto con enfermedades como el ébola, con resultados sorprendentes. Si logran establecer la cadena de contagio es más fácil entonces detenerlo aislando al portador, estudiándolo y, con suerte, evitando que infecte a alguien más.
Pero siempre es una batalla contra el tiempo y, en este caso específico, por su altísimo nivel de contagio, era aún más apremiante.

El equipo de expertos (que incluía físicos y matemáticos además de epidemiólogos), comenzó por lo obvio. El paciente cero debía ser, creyeron, aquel amigo de Mattia que venía de China, pero le hicieron la prueba y dio negativo. Nunca había tenido coronavirus.

Las autoridades quedaron confundidas y preocupadas. Italia y China han tenido nexos comerciales importantes desde épocas de Marco Polo, pero además millones de turistas chinos llegan a Italia de visita y, aunque habían disminuido las excursiones multitudinarias, aún había varios rezagados.

Sus peores sospechas quedaron confirmadas tan solo un día después, cuando murió, en la ciudad de Padua (región del Véneto) un hombre de 78 años. Adriano Trevisan fue víctima de una insuficiencia respiratoria causada por el coronavirus, pero no había conocido a Mattia, ni había visitado la región de Lombardía, donde había ocurrido el primer brote.

Había, entonces, más de un paciente cero, tal vez muchos, y sería imposible encontrarlos.

Las malas noticias no paraban de llegar. Casi en simultánea a la muerte de Padua ocurrió otra en Casalpusterlengo. Se trataba de una mujer de 77 años, la madre de un amigo de Mattia, que casualmente había visitado el hospital de Codogno al tiempo que este. Solo entonces se dieron cuenta de que habían cometido un error enorme: ni Mattia ni los hasta ahora infectados habían sido aislados. Además de la esposa de Mattia y de los médicos tratantes, los pacientes del hospital y el personal de servicio había sido expuesto.

Para el 22 de febrero ya había 79 casos activos en Italia, todos en el norte. En Roma nadie había empezado siquiera a preocuparse.

Esta crónica hace parte de la edición especial de DONJUAN sobre el Covid-19 que circula desde el 26 de marzo.

 

El contagio

Pocas cosas se saben con certeza del coronavirus. La mayoría son especulaciones, falsas noticias, rumores que circulan de boca en boca. Se dice que los murciélagos y los pangolines (una especie de armadillos), ambos populares en las mesas de Wuhan, son portadores. Se dice que China calló mucho tiempo hasta que el virus se les salió de las manos. Se dice también que es una enfermedad estacional y se espera que, como la influenza, se ralentice en el verano. Muchos afirman que quienes ya lo tuvieron pueden desarrollar una especie de inmunidad, así sea temporal, pero no está probado. Y los expertos esperan que la tasa de muertes en gente menor de cincuenta sea mínima y que el 80 por ciento de los casos, si no más, sean leves, que ha sido la tendencia hasta ahora, pero las excepciones son muchas.

Lo que sí se sabe de la pandemia es que crece exponencialmente y que es muy dura con la población de la tercera edad. Italia, como casi toda Europa, tiene una población vieja. La media es de 44,3 años, lo que contrasta con sociedades como la colombiana donde, según el último censo, es de 31 años. En lo que sí se parece a Colombia es en la composición de la sociedad.

Las costumbres son latinas, en todo el sentido de la palabra. Para muchos italianos, el almuerzo del domingo en familia es una tradición inquebrantable. Abuelos, padres, hijos y nietos se juntan a comer la pasta de la nonna, y las estructuras familiares son fuertes e incluyen familias extendidas y reuniones multitudinarias. A diferencia de la mayoría de los europeos, los italianos también tienen una estrecha red de vecinos, y aún se conserva en casi todo el país la vida barrial que replicamos en nuestro continente. Es común ver a los italianos reunidos, tomando café o vino, discutiendo de política y fútbol, abrazándose, dándose sonoros besos (incluso entre hombres) y en general prodigando muestras físicas de cariño. Tal vez por esto el virus se propagó con rapidez.

En tan solo dos semanas, la irrisoria cifra de 79 casos se había convertido en más de siete mil, la mayoría de ellos todavía en el norte. Hasta ese momento, el resto de los italianos veía con suspicacia lo que ocurría en esa parte del país, y aunque se empezaba a hablar de ello, todavía a Roma la preocupaba más el clima que el virus.
Italia es, en realidad, un país nuevo. Fue unificado en 1870, y antes de eso era una serie de regiones que se disputaban, alternativamente, los franceses, los austriacos, los españoles y, por supuesto, la poderosa Iglesia católica. Aún hoy se sienten los rezagos de esas diferencias históricas.

El norte, con Milán a la cabeza, es la mitad rica del país. Con un PIB per cápita que alcanza los 35.000 euros (frente a 18.500 en el sur), es en el norte donde se encuentran las grandes industrias. El sur, en cambio, es la Italia agrícola, pobre y marginal. “África empieza en Roma”, es un dicho común de los italianos y, aunque peyorativo, no es del todo falso. La mayoría de los inmigrantes provenientes de Marruecos llega al sur y se pierde en las laberínticas calles de la capital, donde logran sobrevivir vendiendo artesanías o suvenires a los turistas.

Tal vez debido a esa línea divisoria invisible pero real, el primer ministro de Italia, Giuseppe Conte, decretó el domingo 8 de marzo la cuarentena de los 14 millones de personas que habitan las provincias del norte del país. Un día después, sin embargo, cayó en cuenta de su error: romper a Italia en dos no solucionaría nada, y los pequeños focos de epidemia en el sur quedarían desprotegidos. El 9 de marzo, un Conte arrepentido cambió entonces el decreto para incluir a toda Italia en las restricciones. Para ese momento, el país registraba más de nueve mil casos de contagio.

Italia pasó a ser una “zona roja”. Las nuevas medidas, que entraron en vigor para todo el territorio nacional, comenzaron a implementarse desde el lunes 9 de marzo. Los museos debían permanecer cerrados. Los espectáculos públicos, desde la ópera hasta el cine, pasando por el fútbol, habían sido cancelados. Las escuelas y las universidades interrumpieron clases. Los centros de enseñanza de idiomas o las escuelas de cocina, tan populares entre los turistas, también se clausuraron. Los nuevos estatutos contemplaban que los restaurantes abrieran hasta las seis de la tarde, y de ahí en adelante la ciudad quedaría en la penumbra.

El mundo también imponía sus propias restricciones. Al comienzo solo China (que ya había logrado mantener estable el número de contagiados en unos ochenta mil) les prohibió a los italianos entrar sin cuarentena al país. Luego, gradualmente, el mundo comenzó a cerrar sus puertas o a imponer cuarentenas obligatorias a quienes viajaban procedentes de Europa. Italia, por su parte, además de tomar la temperatura en los aeropuertos, hacía poco más para proteger sus fronteras.

El turismo había caído en picada mucho antes del anuncio de Conte. Las ciudades se veían desiertas desde fines de febrero, cuando aún había libertad de movimiento. No solo los extranjeros dejaron de ir a los restaurantes, sino que los italianos también disminuyeron la frecuencia. Era común que la gente prefiriera quedarse en casa, preocupada por el contagio, y evitara los sitios públicos. Los pocos arriesgados que aún entraban a los museos encontraban en ellos geles antibacteriales en las salas, y guardias con tapabocas y guantes custodiando las obras de arte. Los restaurantes se veían vacíos, las calles oscuras y los comercios agonizantes ofrecían rebajas monumentales y promociones de fin de temporada con la esperanza de atraer un comprador valiente o un turista perdido.

Italia estaba vacía, pero cuando Conte impuso esas primeras restricciones, supo que esto apenas comenzaba. Aún así se preparó para resistir, por lo menos hasta el 3 de abril, cuando el primer ministro había prometido que levantaría el aislamiento, pero un par de días después, hasta esa fecha lejana parecía incierta.

La Fontana di Trevi, cuando comenzó el aislamiento. Foto: Marta Orrantia.

 

El aislamiento

El 12 de marzo amaneció haciendo un día primaveral, soleado y caliente. En los cafés, los italianos se reunían a hablar de la cancelación del campeonato de fútbol, y a lamentarse de la situación económica.

No había mucho, pero por lo menos se tenían unos a otros. Las farmacias exhibían letreros donde advertían que se habían agotado las mascarillas o el gel antibacterial, pero no muchas personas parecían preocupadas por ese asunto. Seguían saliendo a la calle sin protección y el único cambio era que intentaban sentarse lejos de los desconocidos, pero cerca de los amigos.

Al atardecer, cuando los comercios cerraron sus puertas por la restricción, llegaron los resultados de enfermos. La cifra de contagiados alcanzaba las 15.000 personas. Italia se sumió en el desconcierto, y las voces de protesta obligaron al Gobierno a endurecer los decretos de aislamiento de la población.

Conte volvió a dirigirse al país, esta vez para anunciar que todo estaría cerrado. Restaurantes y bares. Almacenes de cadena. Centros comerciales. Kioscos de suvenires. Aún más, dijo, no habría bodas ni funerales, ni tampoco reuniones públicas o privadas. Los amigos no volverían a verse hasta nuevo aviso, las parejas no podrían volver a caminar tomadas de la mano y la distancia reglamentaria entre una y otra persona sería de por lo menos un metro.
Estarían abiertos los establecimientos “esenciales”, dijo Conte. Las estaciones de servicio, las cigarrerías y los supermercados. Los italianos comprendieron a la perfección los dos primeros. El popular Autogrill, una estación de servicio de carretera, se encuentra siempre atiborrado de gente, viajantes que se detienen para un café o una pasta boloñesa, dependiendo de la hora. Las cigarrerías o tabaccaio son indispensables para comprar billetes de lotería o de autobús, cigarrillos y revistas, además de elementos de aseo, comida chatarra y guías turísticas. Sin embargo, el hecho de que se vieran obligados a solo comprar en los supermercados fue un golpe duro en la moral de Italia, un país acostumbrado a hacer la compra diaria en las plazas, a regatear con los “fruttivendoli” (vendedores de frutas y verduras) y a tocar los ingredientes con sus manos antes de llevárselos.

Adicionalmente a eso, los supermercados solo permiten la entrada de cierto número de personas, dependiendo del área de construcción, para que no supere en ningún momento la cifra de concentración permitida de un metro de distancia entre uno y otro.

Ahí no pararon las medidas. El Gobierno publicó un certificado que los ciudadanos deben llenar antes de salir a la calle y que sirve para justificar el hecho de que estén fuera de sus casas. Así, pueden salir a hacer la compra (necesidad), a trabajar (con permiso escrito de la compañía) o por una emergencia médica. La multa por salir a pasear, por hacer turismo o tomar el sol es de 200 euros y en un solo día, la policía ha llegado a poner hasta siete mil comparendos a peatones.

Aunque los expertos dijeron que la medida tardaría por lo menos una semana en cambiar la tendencia, el 13 de marzo comenzaron las primeras fisuras entre el gobierno central y las provincias. Las cifras siguieron aumentando y los alcaldes y gobernadores del norte, con la ayuda de Salvini (el jefe de la oposición), le pidieron a Conte que restringiera aún más el movimiento.

“¿Cómo es que las lavanderías siguen abiertas?”, se quejaba un Salvini indignado. “Estamos en guerra. Todo debe cerrarse”. Para ellos, “todo” significaba también las fábricas, que permanecen abiertas hasta el día de hoy, como una medida desesperada para proteger la economía, que va en picada.

Los obreros tampoco estaban contentos. “No somos carne de cañón”, se quejaron en una serie de huelgas espontáneas que surgieron ese mismo día debido a las condiciones laborales a las que estaban sometidos. Exigían el cierre parcial o total de la producción metalmecánica, “por lo menos hasta que se desinfecten las áreas y se reorganicen los puestos de trabajo”, según afirmaron los presidentes de los sindicatos del área. Pero Conte no cedió.

Lo máximo que llegó a decir fue que las autoridades locales podían tomar medidas adicionales y que el gobierno central no las negaría, pero que él no asumía la responsabilidad por las consecuencias del freno en las industrias, que serían nefastas.

Para el 15 de marzo, las cifras seguían siendo alarmantes. El virus contagió a 3.500 personas más y solo en ese día hubo 175 muertos. El pánico se apoderó de Lombardía, y ni siquiera el anuncio de la llegada de nueve médicos chinos, expertos en la pandemia, logró aplacarlo. Desde los hospitales reportaron que había pocas camas libres, que los médicos estaban trabajando aún cuando ya reportaban síntomas de coronavirus, que faltaban respiradores. “Hemos llegado a un punto en el que debemos tomar decisiones de ética. Como no tenemos suficientes equipos, nos vemos obligados a decidir quién vive y quién muere. Esto es peor que en una guerra”, se quejaba un médico de la región.

La Fuerza Aerea Italiana transporta a un paciente afectado por Covid-19 . Foto: Aeronautica Militare.

 

 

El apocalipsis

La segunda semana de sitio comenzó con malas noticias. Los muertos siguieron subiendo, los alcaldes locales cerraron parques y cementerios y los expertos no ven la luz al final del túnel.

El Papa caminó por las calles desiertas de Roma para visitar el Crucifijo milagroso de la iglesia de San Marcello al Corso, que salvó a la ciudad de la peste del siglo XVI. Quería hacerle un llamado a Dios para que se acordara del país. Conte, mientras tanto, se concentró en lo terrenal. En la noche del domingo se dirigió a la ciudadanía para pedir un último esfuerzo de una semana, al final de la cual se espera que la tendencia cambie. “Esto empeorará aún más –dijo–. Esta semana será crítica, pero después podremos ver los resultados de nuestro esfuerzo”.

Si no resulta su plan, deberá ceder ante las críticas de las provincias y los opositores populistas. Aunque parezcan imposibles unas medidas más duras, necesitará reforzar el aislamiento, tal vez cerrando todas las fábricas o prohibiendo correr al aire libre, la única actividad lúdica que todavía es permitida para conservar la cordura.
Italia, entonces, aguanta la respiración. No solo para prevenir el contagio, sino porque la tensión se ha apoderado hasta de los más fuertes. El futuro del país se juega en estos días.

Sin turismo, con los aeropuertos cerrados, los pequeños negocios en quiebra y los miles de comerciantes informales sin ninguna otra fuente de ingreso, el país entero se ha hundido en la desesperación y cada día que pasa las consecuencias son peores.

Adicionalmente a los problemas ya existentes aparece otra nube negra en el horizonte: la ignorancia. Algunas cadenas de supermercados en Polonia, tradicionalmente compradoras de frutas y verduras de Italia, han disminuido sus pedidos por temor al contagio. A pesar de que el coronavirus no se transmite por los vegetales, los empresarios se mostraron reacios a seguir comprando y fue gracias a la intervención diplomática de los dos países que se llegó a un acuerdo de distribución. ¿Cuántos más cancelarán pedidos de autos, de vinos, de embutidos por el mismo miedo?, se preguntan.

Aunque la Unión Europea ha manifestado que apoyará a Italia y el país ya ha aprobado el decreto “Cura Italia”, un paquete de 25.000 millones de euros para comenzar la reconstrucción, falta mucho camino y el horizonte no está claro. Tampoco para el resto de los países miembros. Cada uno enfrenta sus propios problemas y las crisis que viven los han obligado, como el resto del mundo, a cerrar sus fronteras para protegerse.

No es solo la economía la que sufre, también la moral. Se sugiere caminar en silencio, correr en silencio, hacer mercado en silencio. La comunicación debe ser mínima y distante, y son pocos los que se arriesgan a hablar para no ser víctimas del contagio. Nadie, sin embargo, tiene ganas de decir nada, mucho menos de sonreír. Las pocas personas que caminan por la calle lo hacen con el gesto adusto, con la tristeza dibujada en sus caras.

 

La esperanza

Salir a correr por el Lungotevere, el camino que bordea el río, es un acto de rebeldía y una prueba de valor. El Gobierno no se atrevió a prohibir eso, un último reducto de cordura para muchos, con la condición de que se haga en solitario. Aun así, no muchos salen. Supone un riesgo, y todos tenemos miedo.

Miedo de que nos multen, de enfermarnos, de vivir un periodo de escasez, de perder el trabajo o de que se acabe el mundo. Italia era un país feliz y ruidoso, y en tan solo una semana ha perdido ambas cosas, y eso también da miedo.
A pesar de que el Gobierno ha intentado ser claro en los decretos de aislamiento social, aún hay dudas. “¿Puedo comprar cigarrillos?, ¿Puedo pasear el perro?, ¿Puedo pedir un domicilio?”, pregunta la gente, todavía confundida sobre lo que está permitido. La respuesta es sí a todo eso. Otras cosas, sin embargo, ya son imposibles de hacer. No hay barberías o peluquerías abiertas, pero tal vez los más grave es que, con la clausura de todos los actos públicos, también se prohibieron los matrimonios y los entierros. La gente que muere debe ser enterrada sin ceremonia o misa, y en ocasiones ni siquiera se permite que los allegados entren al cementerio. En un país donde la cifra de fallecidos víctimas del coronavirus ya superó los dos mil, esto significa que hay muchas familias que no pueden hacer el duelo, ni abrazándose entre sí ni despidiendo a su ser querido.

Cada pequeño aspecto de la vida cotidiana que se ve alterado es como una pared más que se levanta en la cuarentena. Tal vez la más dura es el aislamiento en casa. De la noche a la mañana debemos estar encerrados, y no sabemos cómo hacerlo. Italia vive en la calle. El primer café de la mañana se toma en una barra en los cientos de cafeterías a lo largo de las ciudades. El almuerzo es un panino que se come en los parques y las plazas, frente a las fuentes de mármol o las iglesias renacentistas. En la tarde, el ritual del aperitivo es casi obligatorio: una copa de prosecco con los amigos en las terrazas, que están abiertas hasta en los meses más duros del invierno. Y siempre, siempre, la passeggiata (el paseo) a cualquier parte y en cualquier hora: de compras, por las calles estrechas del ghetto, por la exposición de turno o por las alamedas de las Villas de los Nobles, ahora abiertas al público. El eslogan de esta crisis es “io resto a casa”, y eso es, para muchos, la prueba más dura de todas.

Pero los italianos son resilientes. No olvidan que han vivido guerras, revoluciones y pestes, y siempre han salido adelante. Las ruinas de Roma les recuerdan que han tenido un pasado glorioso y que han construido siempre sobre ello. Están orgullosos de su historia, de su lengua y de su cultura. Y muchos han tomado la decisión de no rendirse, aun en el encierro.

Al comienzo fue una acción espontánea. Alguien emocionado abrió su ventana y puso el himno nacional a todo volumen. Eran las seis de la tarde. Los vecinos lo imitaron, abrieron ventanas y balcones, y cantaron todos juntos. Ese primer momento fue épico, pero no fue el único.

Desde ahí, a las seis de la tarde, los balcones de los barrios se abren para escuchar música. Un joven improvisa un concierto de electrónica, y en el edificio vecino una familia compuesta por padres e hijos pequeños, baila. En otro lugar de Italia un tenor canta un aria solitaria al atardecer y alguien más lo imita y pone a Pavarotti (otro orgullo italiano) entonando el aria ‘Nessun Dorma’, de la ópera de Turandot, que termina con la palabra “vincerò”, que significa “venceré”.

Italia ha vuelto a acercarse. Aún sin el contacto físico ha encontrado formas de romper el aislamiento y crear comunidad. Se ha terminado el silencio, y es el momento de la solidaridad. A pesar de que en las calles se siente el peso de la ausencia, a pesar de que los centros históricos, antes siempre llenos de gente, se encuentren abandonados, la acción se ha trasladado a los barrios residenciales, muchos de ellos periféricos, donde se encuentra la mayor parte del país en la tarde cotidiana de sobrevivir.

Conte ha hablado de sangre fría y calma en estos momentos, y no ha prometido un camino fácil. Pero al ver la reacción de los italianos, él mismo se ha emocionado. “Me siento orgulloso de dirigir un pueblo como este en una situación tan difícil”, dijo.

Los italianos, siempre listos para doblar las reglas, para imponer la indisciplina, han sido, en esta ocasión, ejemplares. Más aún, solidarios, generosos y patrióticos. Si el coronavirus trajo desgracias y muerte, también ha impartido enseñanzas valiosas, y una de ellas es la unidad.

Además de haber logrado una especie de esperanza colectiva, el estado de emergencia trajo otra victoria pírrica. Los italianos están convencidos de ser pioneros en el manejo de la crisis de coronavirus en el mundo occidental. Según ellos, el resto de los países tiene un subregistro de sus afectados y es por eso por lo que han sido considerados parias en el mundo entero. Ven que el virus está llegando tarde o temprano a los demás y los golpeará igual de duro, pero confían en que su ejemplo sirva para el resto. Mientras tanto, cantan para salir del aislamiento.

 

MARTA ORRANTIA
REVISTA DONJUAN
EDICIÓN 157 - MARZO 2020

 

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