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La crisis de agua de Ciudad del Cabo - Historias | Revista DONJUAN

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La ciudad que estuvo a punto de quedarse sin agua

La ciudad que estuvo a punto de quedarse sin agua
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Cultivar un kilo de tomates requiere 25 litros de agua. Lavar vegetales para una comida, dos,y soltar el inodoro nueve. Este año, Ciudad del Cabo se enfrentó a la posibilidad de vivir sin agua.

Al finalizar un vuelo entre Johannesburgo y Ciudad del Cabo, el capitán del avión dijo por el altavoz, primero en inglés y luego en afrikáans: “Bienvenidos a Ciudad del Cabo, recuerden que la escasez de agua en la ciudad es crítica. Agradecemos cada gota que puedan ahorrar para que, entre todos, logremos superar la emergencia”. Luego le puso algo de humor al asunto diciendo: “Disfruten de la tradicional amabilidad sudafricana, solo que ahora está un poco menos húmeda que antes”.

En febrero de 2018 era imposible no ser consciente de la gravedad de la situación. La bienvenida del capitán se complementó con letreros de “Ayúdanos a ahorrar agua” en las paredes de los puentes de desembarque y luego señales que decían “¡No desperdicie una sola gota! Ciudad del Cabo está en sequía” en cada carrusel de la zona de recogida de equipajes. Al salir a las zonas comunes del aeropuerto, más pruebas de la seriedad de la crisis: botellas de agua de un litro colgaban del techo al lado de avisos con las frases “La vida de nuestra ciudad está en juego” o “¡Ahorre como un local! Ciudad del Cabo está experimentando su peor sequía en la historia. Por favor use tan poca agua como le sea posible”.

Aún recuerdo la expresión de pánico en la cara de unos turistas alemanes que venían en mi vuelo.

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Para entender la situación hay que ir varios meses atrás, a los primeros días de junio de 2017. El invierno había empezado con el frente frío más grande que haya llegado a Ciudad del Cabo en tres décadas. Desde días atrás, las autoridades daban instrucciones a la población para evitar la pérdida de vidas y reducir los daños materiales al mínimo. Los pronósticos hablaban de ráfagas de viento de hasta 120 kilómetros por hora, olas de doce metros de altura, lluvias torrenciales que durarían tres días seguidos e inundaciones que no solo afectarían las zonas costeras, sino también las planicies del Cabo, el área que concentra la mayor cantidad de asentamientos informales de la ciudad. La orden era clara: abastecerse de agua y comida, resguardarse y esperar a que la tormenta pasara.

Pero en medio del temor que producía la llegada de “la madre de todas las tormentas” –como fue bautizada por los medios de comunicación– había un cierto aire de esperanza en la ciudad. Un par de semanas atrás, el gobierno había declarado oficialmente el estado de catástrofe natural por cuenta de la peor sequía que haya tenido lugar en la región en más de un siglo.

Sudáfrica es un país seco, muy seco. En las tierras altas cercanas a Johannesburgo y Pretoria –o Hiveld como se conocen en el país– llueve principalmente durante los meses del verano, entre diciembre y febrero. En cambio en las zonas costeras del sudoccidente, donde se encuentra Ciudad del Cabo, las lluvias solo llegan entre mayo y septiembre. El agua de la región depende de los dos o tres frentes fríos semanales que suben desde el Atlántico sur
y que llenan los embalses durante el invierno para que el agua sea usada durante los meses secos del verano. Sin embargo, un sistema de alta presión frente a las costas de Namibia había hecho que durante más de dos años las lluvias no llegaran a Ciudad del Cabo. Así, dos inviernos de lluvias muy por debajo de lo normal habían dejado casi vacíos los embalses de las provincias de Cabo Occidental, Cabo Oriental y Cabo Norte. El pronóstico era preocupante: si las lluvias de ese invierno no eran suficientes, no habría agua para superar el verano.

La represa de Theewaterskloof, que suple a Ciudad del Cabo, en 2018. Fotografía: Wikicommons.

La tormenta llegó y, con ella, nueve muertos, 800 casas inundadas, 135 escuelas afectadas, algunos incendios, miles de personas sin hogar y cientos de árboles derribados por el viento que bloquearon autopistas y calles por toda la ciudad. Como es usual, los mayores estragos ocurrieron en los Townships, las zonas de mayoría de población negra en las afueras de Ciudad del Cabo. Era un sabor agridulce: por un lado, el frente frío había dejado una gran destrucción a su paso; por el otro, la ciudad estaba recibiendo el agua que tanto necesitaba.

O al menos eso creíamos los que vivíamos allí.

Los cinco centímetros de lluvia que trajeron esos tres días de tormenta únicamente generaron un aumento del 1,5 % en el nivel de los embalses. Un avance, sí, pero insignificante frente a la magnitud de la sequía.

Solo quedaba esperar que la tormenta fuera una antesala de lo que estaba por venir durante el invierno, pero no fue así. El invierno de 2017, como los dos anteriores, registró lluvias muy por debajo de los promedios históricos y dejó los embalses en una situación extremadamente crítica para enfrentar el verano que se acercaba. El fenómeno de El Niño se había ensañado con Ciudad del Cabo y en octubre, cuando se acabó la temporada de lluvias aún no habían llegado, y tampoco llegarían. El panorama era aterrador y, si se hacían cuentas, por primera vez en la historia una ciudad corría el riesgo de quedarse sin agua por completo.

La emergencia había llegado y nadie se había preparado para ella. Los gobiernos local y provincial empezaban a improvisar las medidas de choque, al mismo tiempo que el presidente Zuma, en Pretoria, se hacía el de la vista gorda ante la crisis inminente. Mientras tanto, expertos de la Universidad de Ciudad del Cabo aparecían en periódicos y programas de televisión diciendo que llevaban años alertando a la ciudad sobre esta posibilidad y que los políticos habían ignorado sus advertencias repetidamente. Y, como ocurre siempre en estas situaciones, había que buscar culpables: la alcaldesa culpaba al cambio climático, al aumento poblacional de la ciudad y al Departamento Nacional de Agua y Saneamiento por no haber hecho las obras necesarias para mitigar la crisis; el Gobierno nacional, por su parte, decía que la responsabilidad era de los gobiernos provincial y local y que ellos no se habían preparado para la emergencia. Y en medio de las acusaciones, dominada por un pánico generalizado, se encontraba la población que, hasta ahora, no tenía muy claro lo que estaba pasando.

La crisis se volvió real con la llegada de la primavera, cuando la Alcaldía impuso las primeras restricciones: quedaba prohibido lavar carros, llenar piscinas y los jardines solo se podían regar los martes después de las nueve de la noche. Ese fue el primer aprendizaje: resulta que si las plantas se riegan unas cuantas horas después de que se pone el sol, la tierra ya se ha enfriado y la ausencia de evaporación hace que las plantas aprovechen mejor el agua. Eso sí, solo se podían regar los jardines si no había llovido en las 72 horas anteriores.

Pero más allá de las restricciones –que, de cierta forma, son abstractas–, la emergencia se veía y se sentía por toda la ciudad. El nivel del agua en la piscina del gimnasio empezó a descender y la administración puso letreros en los que les solicitaba a los nadadores no hacer clavados para que el agua no se saliera. Las piscinas públicas, unos de los lugares preferidos por los locales cuando empieza a llegar el calor de la primavera, fueron llenadas con agua de mar y sus duchas fueron cerradas. Los carros que recorrían la ciudad a diario cada vez estaban más sucios. En este punto resultaba imposible no sentir que la crisis ya no era esa idea hipotética de la que nos habían hablado por meses, sino que se trataba de algo profundamente real.

Y como el tiempo pasaba y las lluvias seguían sin llegar, la Alcaldía inició una carrera contra el tiempo para importar plantas de desalinización y extraer el agua subterránea que sería integrada al sistema de acueducto de la ciudad. Pero estas obras tomarían meses, tal vez años. La única opción viable a corto plazo era una campaña agresiva para que la población disminuyera drástica e inmediatamente su consumo de agua.

Noviembre y diciembre fueron los meses más críticos. En ese momento el gobierno empezó a hablar del tan temido “Día Cero”, ya no era únicamente una situación de escasez y la posibilidad de que el agua dejara de salir por los grifos de la ciudad tenía una fecha exacta: el 22 de abril de 2018. El escenario más temido por todos se estaba materializando, tanto es así que el gobierno empezó a prepararse para ese fatídico día.

Tal vez el momento más aterrador para todos fue cuando la Alcaldía decidió que tan pronto se llegara al 13,5 % de capacidad de los embalses se cortaría el suministro de agua y los habitantes tendrían que ir a los cerca de doscientos puntos de abastecimiento de agua instalados por toda la ciudad a recoger únicamente 15 litros por persona al día. Así, de repente, el agua ya no sería un derecho y en la segunda ciudad más grande de Sudáfrica tendríamos que hacer filas interminables para conseguir una cantidad mínima para sobrevivir. Recuerdo que ese día, en un café en el que estaba, una señora de unos 65 años decía: “Yo no entiendo cómo va a funcionar eso porque la Alcaldía no nos ha dicho nada. ¿Cómo pretenden que yo haga una fila de horas para conseguir agua? Es más, ¡mi marido ni siquiera puede caminar! ¿Cómo voy a conseguir agua para él?”.

La población estaba entrando en un estado de pánico generalizado, como si estuviéramos ad portas del mismísimo apocalipsis; tanto es así que la Alcaldía empezó a preparar el eventual despliegue de la policía y el ejército para garantizar el orden público en los lugares de recolección de agua de la ciudad.

“Yo puedo vivir sin energía, sin televisión, sin internet, ¿pero cómo pretenden que una ciudad de casi cuatro millones de habitantes viva sin agua?”, le dijo una señora de unos 55 años a su hija mientras hacía la fila para pagar en el supermercado. En su carrito había al menos unas quince botellas de agua de cinco litros y otras tantas más pequeñas. Luego con tinuó diciendo que su mayor temor era que el agua embotellada también se acabara y que por eso estaba comprando quince botellas al día y las tenía en el estudio de su casa. Terminó riéndose al afirmar que su marido ya la había regañado porque no había podido volver a trabajar en su escritorio, que estaba absolutamente lleno de botellas.

A medida que la sequía se profundizaba y las restricciones surtían efecto, el aspecto mismo de la ciudad empezó a cambiar. Mi jardín, antes lleno de pasto, buganvillas, rosas y aves del paraíso, ahora lucía bastante triste mientras cada una de mis plantas agonizaba lentamente ante la falta de agua. Las flores no volvieron a aparecer, las hojas empezaron a caerse y, al final, solo quedaron los tallos secos en lo que hacía algunas semanas estaba lleno de color. Los prados del malecón en la zona de Sea Point corrieron la misma suerte: antes eran de un verde intenso que contrastaba con el azul del Atlántico sur al fondo, pero ahora estaban secos y cualquier viento levantaba una gran polvareda que se metía en los ojos de los deportistas que frecuentan el lugar. Lentamente, Ciudad del Cabo perdía color y si no fuera por el verde omnipresente –aunque ahora mucho más oscuro y con grandes parches cafés– del parque nacional de la Montaña de la Mesa, que rodea la ciudad, el panorama hubiera sido mucho más lúgubre.

Y así como el verde empezaba a desaparecer, otro cambio fue más que evidente: la campaña de ahorro de agua más agresiva que jamás se haya visto se había tomado restaurantes, cafés, centros comerciales, estadios y hasta baños públicos. En todas partes habían aparecido señales y letreros que instaban al ahorro del agua: desde el “Please be water wise” en las puertas de los baños hasta las pancartas alarmistas en los pasillos de los centros comerciales que decían “Ciudad del Cabo está afrontando la peor crisis de agua de su historia. De usted depende que podamos evitar el Día Cero. Cada gota cuenta”.

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A principios de 2018 la temperatura en Ciudad del Cabo alcanzó los 44 grados centígrados. Las restricciones de la Alcaldía continuaron incrementándose porque la evaporación del agua en los embalses complicaba aún más la crisis. Si es difícil sobrevivir a esa temperatura, hacerlo en una ciudad sin agua es casi imposible. El gobierno había implementado un sistema de restricciones de agua basado en números.

Al principio, las restricciones uno, dos y tres eran mínimas y permitían llevar una vida medianamente normal. Sin embargo, en enero, con la agudización de la crisis durante el verano, la restricción fue aumentada al nivel seis, lo que significaba que los ciudadanos estaban autorizados para utilizar un máximo de 87 litros de agua al día por persona. Sin embargo, a partir del 1 de febrero, la ciudad implementó el nivel 6B, el máximo al que se ha llegado hasta ahora, que implicaba que el límite diario se reducía a 50 litros por persona.

Para poner la situación en perspectiva, una ducha de tres minutos usa aproximadamente 45 litros de agua y soltar el inodoro una vez gasta entre nueve y quince litros. Es más, según estadísticas del Gobierno sudafricano cada persona se gasta entre 25 y 30 litros de agua al día solo cepillándose los dientes y lavándose las manos. Si a eso le sumamos los uno o dos litros diarios que cada persona se toma al día, más las tres o cuatro tazas de café, más el agua para las mascotas, cocinar, lavar ropa y platos, el sudafricano promedio usa entre 300 y 350 litros de agua al día. Ahora había que vivir con 50 litros. Únicamente 50.

 La consecuencia inmediata fue un cambio radical en la mentalidad de la población, que entendió que era necesario sacrificar confort para poder salir de la crisis. El diario vivir se alteró y todos vivíamos en función de ahorrar agua. Las largas duchas relajantes desaparecieron y solo consistían en entrar, mojarse, cerrar la llave, enjabonarse y echarse champú, volver a abrir la llave, lavarse y salir. El agua no duraba abierta más de veinte o treinta segundos. Además, empezamos a poner baldes en las duchas para capturar el agua que caía y poderla reutilizar después. El cepillo de dientes ya no se enjuagaba con agua del grifo, sino en una taza con agua y el inodoro no se soltaba a no ser que fuera estrictamente necesario –ustedes saben a lo que me refiero–. No soltar el inodoro se volvió la norma en casas, restaurantes y centros comerciales, pero extrañamente ningún baño estaba sucio: tener que lidiar con inodoros sin soltar se tradujo en un incremento del aseo de los baños de la ciudad, que estaban más relucientes que nunca.

Por esos días tuvimos una reunión en la asamblea de mi edificio para planear medidas conjuntas destinadas a disminuir el consumo de agua. Compramos canecas de basura que pusimos en los desagües para capturar la poca lluvia que caía, instalamos mangueras que nos permitían almacenar el agua residual de lavadoras y lavaplatos para después compartirla entre todos los residentes y usarla para soltar los inodoros. Incluso hablamos de un horario para ir al nacimiento de agua de Newlands –al otro lado de la ciudad– y recoger agua para todo el edificio. Fue impresionante ver cómo una crisis de esta magnitud hizo que todos empezáramos a pensar y a actuar en comunidad: no se trataba de pensar cómo iba a salir yo de la crisis, ahora se trataba de encontrar una solución que funcionara para todos.

Mientras tanto, la Alcaldía siguió implementando medidas. Primero subió a su página web archivos mp3 que se llamaban “two-minute shower songs”, es decir, canciones para bañarse en dos minutos. Luego las bajó a uno.Después publicó una guía de cómo vivir con cincuenta litros de agua al día, distribuidos de la siguiente forma:

Ducha: diez litros (abriendo y cerrando la llave e incluyendo el lavado de pelo). Sin el lavado de pelo, la ducha se disminuye a cinco litros y se propone la opción de bañarse con una esponja, lo que reduce el consumo a tres litros.

Lavado de platos: nueve litros. Se debe llenar el lavaplatos una vez al día y con eso debe ser suficiente.

Agua para tomar: tres litros (incluye agua, café y té).

Agua para cocinar: un litro.

Aseo de la casa: cinco litros cada dos días. Se sugiere el uso de productos que no utilicen agua o el uso de agua lluvia.

Lavado de ropa: diez litros. Insta a utilizar la lavadora una sola vez por semana, lo que equivale a setenta litros; es decir, diez litros al día.

Inodoro: nueve litros. Insta a soltar el inodoro una sola vez por día y hacerlo con agua reciclada de la ducha.

Lavado de dientes y manos: dos litros. Insta, además, a utilizar gel desinfectante para disminuir el consumo.

Mascotas: un litro.

Pero los cambios no fueron únicamente en las casas. Los restaurantes empezaron a poner letreros en los que les informaban a sus clientes que, debido a la sequía, ya no servirían agua de la llave. Los gimnasios también se tomaron las restricciones en serio: al que yo voy empezó a utilizar agua de mar para la piscina, reemplazó los orinales por unos que funcionan sin agua, ubicó baldes en las duchas para que los clientes recogieran el agua residual y, finalmente, instaló temporizadores en las duchas que cortaban el flujo de agua después de un minuto y medio. Los centros comerciales también cortaron el suministro de agua en todos los lavamanos excepto en uno de cada baño y, en su lugar, proveyeron gel desinfectante. Se estima que con eso ahorraron cerca de cuatro litros de agua por cada persona que fue al baño y decidió no lavarse las manos. El nivel de ahorro llegó al punto de que un café en el centro de la ciudad instaló un recipiente para capturar las gotas que caían del aire acondicionado y luego usarla en el aseo del piso. Cuando les pregunté, me dijeron que obtenían cerca de dos litros de agua al día con esa técnica.

Los resultados de la campaña de ahorro fueron impresionantes. Según la Alcaldía, la ciudad redujo el consumo de 1.200 millones de litros de agua al día en 2015 a 516 millones de litros diarios en 2018. Para poner estas cifras en perspectiva, cuando la sequía impactó la ciudad de Melbourne, en Australia, en 2003, a sus habitantes les tomó doce años lograr una disminución similar en el consumo. Por su parte, el estado de California, en Estados Unidos, únicamente logró una disminución del 27 % en su consumo de agua durante la sequía de 2015.

Pero además de la disminución del consumo por parte de la población, otras medidas también ayudaron a la reducción de la crisis. En primer lugar, la Alcaldía identificó los predios de la ciudad que estaban excediendo los límites establecidos e inició un programa de instalación de dispositivos de medición de agua que cortaban el servicio cuando un hogar superaba 350 litros al día. Además, en mayo, las primeras plantas de desalinización empezaron
a funcionar y se sumaron al agua subterránea que comenzó a ser incluida en el suministro del acueducto. Estas dos fuentes hoy proveen cerca del 5 % del agua de Ciudad del Cabo.

Pero no todas las iniciativas fueron del gobierno. El 6 de febrero, un grupo de agricultores de la zona de Grabouw –ubicada a unos 65 kilómetros al sudoeste de Ciudad del Cabo– decidió donarle a la ciudad 10.000 millones de litros del agua que estaban almacenados en sus represas privadas para contribuir con los esfuerzos de superación de la crisis. Al estar en una zona de captura diferente a la de las grandes represas de la provincia, los agricultores contaban con mucha más agua de la que necesitaban para sus cultivos. Así, al abrir las compuertas del embalse de Eikenhof, Ciudad del Cabo recibió el agua necesaria para 20 días de consumo.

Los más de seis meses de ahorro de agua permitieron que el Día Cero, que inicialmente estaba calculado para abril, se postergara primero para mayo, luego para junio y, finalmente, que se suspendiera hasta 2019. La ciudad logró superar el verano sin tener que cortar el suministro de agua y ahora el pronóstico es levemente más alentador.

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A principios de mayo estaba en un centro comercial en el norte de Ciudad del Cabo y cuando me bajé del carro empezaron a caer gotas del cielo. No eran grandes y no eran muchas, pero era una llovizna tímida que en unos minutos había mojado todo el estacionamiento y llenaba el ambiente con ese olor a pasto mojado que todos en la ciudad habíamos olvidado hacía meses. Es uno de los momentos más emotivos que he tenido en mi vida: la gente empezó a salir del centro comercial y se paraba bajo la lluvia mirando al cielo, mientras otros brincaban, gritaban y hasta lloraban de felicidad. No importaba mojarse: la lluvia era la mejor noticia que nos podía llegar. En ese momento entendí por qué el nombre de la moneda en Botswana es “pula”, que significa “lluvia” en idioma setswana. Cuando vives en sequía, el agua es mucho más importante que el dinero. Ese día, con esa pequeña llovizna en Ciudad del Cabo, comprobé que en Botswana tienen mucha más claridad que muchos de nosotros, que estamos acostumbrados a la abundancia de agua.

Fotografía: Wikicommons.

Hoy, por primera vez en tres años, las represas tienen más agua de la que tenían en la misma fecha el año anterior. Adicionalmente, el servicio meteorológico sudafricano pronosticó la llegada de tres o cuatro frentes fríos por semana durante las próximas dos semanas, un fenómeno normal para esta época del año, pero que no había ocurrido en años anteriores. Así, aunque es muy pronto para predecir la cantidad de lluvia que recibirá la ciudad durante este invierno, el panorama resulta bastante más positivo que en años pasados.

Y mientras esperamos que los frentes fríos del Atlántico sur nos traigan la tan anhelada lluvia del invierno, las duchas siguen siendo de treinta segundos, los inodoros siguen sin soltarse, el agua de las lavadoras sigue siendo reciclada, continuamos recogiendo el agua lluvia y seguimos usando gel desinfectante en los baños. Esa es la nueva normalidad en Ciudad del Cabo y lo será durante los próximos dos o tres años, hasta que las represas vuelvan a estar en los niveles deseables. Pero aun si la crisis es superada, la ciudad ya no volverá a ser la misma: muchas de las prácticas de desperdicio de agua que hacían parte de nuestro diario vivir han sido eliminadas. La sequía nos enseñó, a la fuerza, que el agua efectivamente se puede acabar y que se necesita hacer un uso racional de ella. Ciudad del Cabo constituye la prueba fe haciente de que ese escenario apocalíptico en el que el mundo se queda sin agua ya no se considera algo abstracto que ocurrirá en el futuro lejano. Es una realidad. Y es una realidad hoy. Ser conscientes y prepararnos para esa realidad es la única forma de garantizar la supervivencia de nuestras ciudades a futuro.

Por ahora, en medio de campañas de ahorro de agua y señales que nos recuerdan la gravedad de la crisis por todas partes, Ciudad del Cabo empieza a volver a transformarse. Las primeras lluvias del otoño, que no habían aparecido en años, finalmente llegaron y con ellas volvió el verde que se había ido hace meses. Las polvaredas del malecón de Sea Point empiezan a ser reemplazadas por el pasto que alguna vez fue y que hoy reaparece tímidamente. Las montañas que rodean la ciudad están cambiando lentamente de tono y ahora sus cimas se pierden entre la niebla que llega del Atlántico y que humedece todo lo que toca. Y mi jardín, ese que había muerto en octubre ante la falta de agua, vuelve a estallar de color con sus buganvillas, rosas y aves del paraíso, como augurando un futuro mejor.

A pesar de que el verde reaparece momentáneamente, solo podremos cantar victoria cuando veamos los embalses llenos y los patrones de lluvia se normalicen. Mientras eso ocurre, Ciudad del Cabo es la muestra clara de que no hay petróleo ni diamantes ni oro que valgan cuando lo que hace falta es el agua. Esa es la lección que nos deja esta crisis. Ahora depende de nosotros aprenderla.

SR. MAPACHE
Revista DONJUAN
Edición 137 - Julio-Agosto 2018

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