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Gustavo de Greiff, el primer fiscal que quiso legalizar las drogas - Historias | Revista DONJUAN

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Gustavo de Greiff, el primer fiscal que quiso legalizar las drogas

Gustavo de Greiff,  el primer fiscal que quiso legalizar las drogas

"Me encantaría morir. Pienso que es la manera de descansar"- Gustavo Adolfo de Greiff.

A sus 85 años, Gustavo Adolfo de Greiff juega tenis todos los días, se ha negado a que Estados Unidos le restituya la visa y dice que detesta conversar. Sin embargo, no paró de hablar sobre las cartas que le enviaba Pablo Escobar, el día que César Gaviria lloró enfrente de él, las acusaciones que le han hecho por nexos con el narcotráfico, la antipatía que le tiene Andrés Pastrana, los errores del fiscal Montealegre y sobre lo mucho que le gustaría morir.

“No me gusta el vallenato. Me gustan los boleros. Con mi señora nos gustaban mucho Los Panchos. Soy aburridorsísimo. No soy sociable. No me gusta el trago. No me gusta el whisky. Me gusta, sin que me vuelva loco, el whisky sour. Pero muy eventualmente. Y el fútbol tampoco me gusta. Mi hija dice que no hay nada más jarto que un viudo. Lo más jarto del mundo entero. Yo soy el tipo más jarto del mundo”.

Gustavo Adolfo de Greiff, el primer fiscal general que tuvo Colombia, hoy tiene 85 años y repite una y otra vez que es el hombre más aburrido del mundo. En su gestión debió lidiar con la época de violencia más cruda por la que ha pasado el país: la guerra entre el Estado, el cartel de Medellín y el de Cali. Es decir: es un hombre con agallas, secretos y muchos enemigos. En ese entonces, la Fiscalía era un ente tan arcaico como el arca de Noé: había heredado los jueces de instrucción criminal que, en palabras de De Greiff, “eran los peores alumnos de las peores facultades del país”. Las oficinas empezaron en las habitaciones del antiguo Hotel Hilton, en el centro de Bogotá, y el vehículo en el que De Greiff persiguió a Pablo Escobar era un Mercedes-Benz que le había pertenecido al mismísimo capo: “era lujosísimo”, recuerda entre risas. Hoy en día, De Greiff vive en una casa que tiene un jardín con un perro perezoso que les bate la cola a los desconocidos y la policía hace turnos para vigilarla las 24 horas del día, pero cuando llegué, el policía no estaba, y apareció a lo lejos, trotando hacia mí con cara de preocupación. Menos mal, para su suerte, no soy un asesino cobrando venganzas de hace veinte años atrás. Encontrar la casa es casi imposible. Con la actualización de las direcciones que se hizo en Bogotá hace unos años, la casa está bajo otra dirección. La casa, de hecho, es tan visible que es invisible. Se puede decir que todos los bogotanos han pasado enfrente de ella. Pero logré ubicarla porque le pregunté a un vendedor ambulante por la dirección. “¡Ah sí, es esa casa de allí! Allá vive el fiscal De Greiff”.

Adentro, en una de sus bibliotecas, De Greiff me confiesa que es muy malo para el small talk. Que no se trata de timidez, sino de jartera, que es malo para hablar por hablar, que odia decir cosas como qué día tan lindo, qué tarde tan linda, qué calor, qué frío está haciendo. “Soy demasiado trascendental en las conversaciones”, cuenta. De inmediato, recuerdo un artículo que leí sobre las cosas que odian hacer los suecos, entre ellas el small talk. Y recuerdo que el tatarabuelo de De Greiff fue Karl Sigismund Fromholt von Greiff, ingeniero y geógrafo sueco que emigró a Medellín en 1825 y tuvo un papel activo en la abdicación del rey Gustavo Adolfo IV de Suecia –de forma irónica, León de Greiff, bisnieto de Karl Sigismund, recibió una condecoración por el rey de Suecia Gustavo Adolfo VI en 1964–. De Greiff me dice que él cree que tiene muchas cosas de ese antepasado. De hecho, cuando Roberto Gerlein lo acusó de meter en problemas al país por decir en Estados Unidos que la guerra contra las drogas era un fracaso, le respondió con una frase que hizo historia: “Yo sufro un problema en la columna que me impide inclinarme ante los poderosos”. Y desde ese problema no tiene visa a Estados Unidos. Años después, un embajador de Estados Unidos en Colombia le dijo a su hija Mónica de Greiff que le dijera que si quería que le volvieran a dar la visa. Ella respondió que no existía la más mínima posibilidad de que él quisiera volver a tener la visa.

De Greiff es terco. “El médico le dice que juegue tenis corto, y él juega largo, hasta desmayarse. El médico le dice que no juegue al medio día, porque el sol le da muy duro, y él juega a esa hora. Nosotros le decimos que es terco por culpa de la abuela, la Restrepo, que era terca a morir”, cuenta su hija Mónica. Y con esa terquedad desestima el peligro que corrió cuando fue fiscal. De hecho, recuerda que su esposa, Inés Lindo Koppel, lo acusaba de estar loco porque antes de ser fiscal dormía pésimo, y cuando fue fiscal empezó a dormir bien. Y esa misma terquedad le hace decir que los escoltas suelen inventar atentados para justificar su sueldo. Y por eso no cree que sea cierto que el cartel de Medellín haya intentado hacerle un atentado en la calle 19, una ruta que solía tomar para ir a las dependencias que la Fiscalía tenía en esa época en Paloquemao. “Nunca me asusté en esa época. Como te digo, yo no le tengo miedo a la muerte. Y cuando me posesioné como fiscal dije que los carteles tenían que entender eso, que se enfrentaban a un hombre que no le tenía miedo a la muerte, y que mi familia iba a ser valiente y no iba a ceder a extorsiones ni a pagar por secuestros. Claro que me preocupaba que se metieran con mi familia, pero no como para inhibirme de cumplir mi deber”.

Daría la impresión de que para De Greiff ser fiscal en la época más violenta de Colombia fue lo mismo que ser costurera de las hermanitas de la caridad: un trabajo dispendioso pero tranquilo, sin más riesgos que el de pincharse el dedo con una aguja. Su hija Mónica fue ministra de Justicia en esa época, y me dice que evidentemente tuvo amenazas, al igual que su papá. Incluso, una bomba que explotó cerca de la casa de su papá los alertó e hizo que la calle estuviera cerrada durante cerca de seis meses. “Pero para mi mamá, mi papá, mis hermanos y yo, esa época, si bien fue dura y peligrosa, no nos representó mayor peligro. Mi papá decía ‘¿miedo de qué?’. Para los que debió ser duro fue para los nietos, a los que tuvimos que ponerles escoltas. Mi hijo, por ejemplo, detesta esa época”, recuerda Mónica.

Y aunque algunos dudan sobre su honradez y transparencia, es difícil decir que De Greiff no cumplió con su deber, sobre todo porque la guerra que tuvo que luchar, la guerra contra el narcotráfico, era una guerra en la que no creía. “Me di cuenta de lo inútil de esa guerra cuando ocurrían cosas como la muerte de Rodríguez Gacha o la fuga y muerte de Pablo Escobar. Apenas moría algún cabecilla, de inmediato uno de su cuadrilla lo reemplazaba. La guerra contra las drogas es una guerra estéril. La prohibición solo ha hecho que los narcos se enriquezcan y los adictos terminen en la cárcel perdiéndose más, en vez de rehabilitarse”. Esas palabras hoy en día no son nada novedosas. Hoy las dicen el expresidente Gaviria, el expresidente Samper y hasta el presidente Juan Manuel Santos. Sin embargo, en los noventa, en medio de la guerra más sanguinaria que ha vivido el país, el hecho de que el fiscal general del país que más cocaína producía en el mundo dijera en Harvard que la legalización era la única forma de acabar con el narcotráfico, fue tan escandaloso como cuando Galileo Galilei dijo que era la Tierra la que giraba alrededor del Sol, y no al contrario, como promovía la Iglesia católica de la época. De hecho, cuando John Kerry era senador –hoy es el secretario de Estado de Estados Unidos– dijo que las palabras de De Greiff lo habían dejado profundamente perturbado, e hizo que el Gobierno de Estados Unidos dejara de compartir pruebas y evidencias contra los narcos con Colombia. Además, eso volvió aún más difícil la relación que De Greiff había tenido con el presidente César Gaviria, al punto de las lágrimas: “Carlos Gustavo Arrieta, que era procurador y buen amigo de Gaviria, quiso solucionar la mala relación que yo tenía con Gaviria por hablar de la legalización, y en esa reunión, Gaviria físicamente, realmente, me lloró diciéndome ‘fiscal, por favor, no hable de la legalización, mire que eso no le gusta a los americanos y le crea una mala atmósfera a Colombia’. Y pensar que Gaviria ahora, que me lloraba para que yo no hablara de la legalización, tiene el fundamentalismo del converso, ahora solo habla de legalización”.

En la cabeza de De Greiff todo es al revés. Cuando estudiaba en el Colegio San Bartolomé, le pusieron cero en un examen por decir que una novela de Tomás Rueda Vargas era malísima por tratarse solo de un mero estudio de costumbres. “En cambio, a otros que elogiaban la obra les pusieron cinco. Ese no es el ambiente intelectual para mí”. Años después, cuando era vicerrector en la Universidad del Rosario, se enfrentó con el entonces rector Roberto Arias Pérez por un tema de drogas: una estudiante iba a ser nombrada colegial, la máxima distinción académica de la institución, pero el chisme de que la habían visto fumar marihuana puso en entredicho su nombramiento. “Arias Pérez armó escándalo, y yo luché y logré sacar adelante que la consagraran como colegial y no la condenaran por fumar marihuana”. Su hija Mónica recuerda que a sus amigas les encantaba ir a visitarla, porque De Greiff no tenía problema en prestarles el carro para que salieran a dar una vuelta. “Incluso, cuando mi hermana y yo teníamos nueve o diez años, mi papá nos enseñó a fumar cigarrillo. Y nos puso reglas para hacerlo: que nunca recibiéramos cigarrillos de nadie y que por ningún motivo, y era lo que más le preocupaba, fuéramos a fumar a escondidas”.

– ¿Y usted fumó alguna vez marihuana? –le pregunto a De Greiff.

–Nunca. Nunca sentí curiosidad por fumar marihuana, pero no me opongo a que lo hagan. Guillermo León Valencia decía que él no iba a misa, pero les recomendaba a los amigos que fueran. Yo no fumo marihuana, pero no me importa que los amigos fumen –contesta en medio de una nube de humo de pipa que saca para posar para las fotos. Y dice que en Bogotá es difícil encontrar buen tabaco y hacer que prenda bien, y que una de las cosas que más disfruta en la vida es fumar pipa con la chimenea prendida. Y se nota. En las mesas de sus bibliotecas alcanzo a contar más de diez pipas.

Hace más de veinte años, el fotógrafo William Torres hizo lo mismo con De Greiff. Subió al altillo de su casa y le hizo una fotografía en penumbra, con la pipa encendida, que fue portada de la revista Cambio 16 América. Por esa foto, William ganó su segundo Premio Simón Bolívar. Hoy en día, lo recuerda como un personaje tranquilo, sencillo, que no alardeaba de sus conocimientos, y lo compara con otros personajes que retrató, como a Luis Carlos Galán, que hacía gala de sus conocimientos y lo encontró un tanto engreído. Para nada le pareció un hombre callado, aunque tampoco demasiado hablador.

–Le voy a pedir que me conteste a varias de las acusaciones que le han hecho en su vida –le digo–. La primera es sobre los supuestos negocios que tuvo usted con Gilberto Rodríguez Orejuela.

–El capitán Guillermo Bernal Rubio era un viejo piloto bastante conocido en Colombia, muy buen amigo de Hernando Santos. El capitán Bernal tenía una compañía para vuelos internacionales a Cuba y Miami y me invitó a que fuera socio de esa compañía. Y tuvimos audiencias en la Aeronáutica Civil y logramos que el gobierno diera esos permisos. Pero no teníamos el dinero suficiente para la compra de esos aviones, y Bernal intentó conseguir nuevos socios, entre ellos a Gilberto Rodríguez Orejuela, quien le dijo a Bernal que él entraba de socio, pero que debía hacer que los demás socios vendiéramos, que porque él no era socio de gente que no conocía. Y le vendí mis acciones a Bernal, porque Gilberto le pidió que fuera él quien las comprara para vendérselas después a él.

–A usted también se le ha acusado de asociarse en una mina de oro con Joaquín Ananías Builes, un narcotraficante antioqueño. –Yo fui muy experto en derecho minero y hubo unos ingenieros antioqueños que tenían una mina de cobre, pero en Urabá, generalmente el cobre va unido con oro. Hicimos una compañía y ellos se consiguieron a otros socios, entre ellos a Builes, que yo no conocí y resultó ser narcotraficante. Finalmente la compañía fracasó porque no había cobre suficiente que justificara una inversión. Cuando me quitaron la visa, los gringos dijeron que yo había sido socio de un narcotraficante, pero yo no fui socio de un narcotraficante: fui socio de una compañía en la que desgraciadamente había un socio narcotraficante.

–A usted también se le ha criticado mucho por haber archivado el caso de los narcocasetes…

–Lo archivé porque Pastrana no se acuerda de quién se los entregó. Yo creo que de ahí surgió la antipatía de Pastrana para conmigo. Esos narcocasetes estaban editados, eso decían los técnicos. La actuación mía en ese caso fue tan clara y limpia que nunca lograron desarchivar el expediente que yo había archivado. Y en eso fue muy decente y caballeroso el fiscal Valdivieso. Él reconoció que la Fiscalía, y yo en especial, habíamos hecho todo lo posible por encontrar pruebas y no habíamos encontrado ninguna. Y lo que hicimos no fue absolver, sino archivar.

–Y luego viene el tema de la embajada en México. A usted lo hacen renunciar de la Fiscalía por edad.

–Ese fue el día más triste que pasé en la Fiscalía. Mi salida fue pedida por los americanos y servida por Gaviria.

–Bueno, y usted sale de la Fiscalía y se va para el Embajada de Colombia en México. A usted lo critican por haber aceptado ser embajador del gobierno Samper, un gobierno que usted favoreció al archivar el caso de los narcocasetes. ¿Nunca pensó en rechazar la embajada para evitar ese chismorreo?

–La embajada no me la ofreció Samper, sino su ministra de Relaciones, Noemí Sanín. Lo hizo porque mi vida corría peligro, porque comprendí que fuera de la Fiscalía no me brindaban mucha protección. Y en ese momento no se había descubierto nada en contra de Samper. Entonces yo en eso fui muy claro: no renuncio porque soy inocente. Si fuera culpable renunciaría, pero si soy inocente no renuncio. No tengo por qué renunciar.

–Finalmente, en el libro de Juan Pablo Escobar se dice que los Rodríguez Orejuela tenían una oficina al lado de la suya en la Fiscalía, que su secretaria había sido puesta por el cartel de Cali, que usted estaba enamorado de ella y que, incluso, se había pintado las canas.

–Bueno… Nononono, cosa imbécil. Yo pienso que al principio ellos creían que yo los estaba ayudando, pero no que los estaba ayudando con una doble intención, que era que la Fiscalía los protegiera para esperar que Pablo Escobar se comunicara con ellos y la policía, con ayuda de la DEA, pudieran interceptarlo. Después se debieron sentir traicionados por mí.

– ¿Entonces usted nunca se pintó el pelo?

–No. Nunca me pinté el pelo.

Quizá la mejor manera para entender a De Greiff es a través de las cosas que piensa sobre las personas, en especial sobre los jugadores de tenis. Por ejemplo, es seguidor de Roger Federer. Le parece un caballero y le recuerda a Stefan Edberg: “Es un verdadero caballero. El único jugador que he visto que cuando una bola puede significar una ganancia y una cantidad grande de dinero, le corrige al árbitro y le dice que la bola de su contrincante fue buena. Federer me ha hecho recordar a Edberg”. En cambio, odia a Nadal. No le gusta la manera como celebra las bolas. “Grita como queriendo decir que se tiró en su contrincante. Es un tipo que juega con maldad. Humillante con el contrario”.

Y así, el mundo, su mundo, se divide en bobazos y caballeros. Obama, por ejemplo, es un bobazo: “creyó que iba a hacer algo importante al tratar de conquistar a los republicanos, pero no los conquistó. Es un magnífico expositor de ideas y un pésimo ejecutor”. Sobre Andrés Pastrana cree que si se llegaran a encontrar, el expresidente no lo saludaría: “no nos hemos encontrado. Menos mal. Y es curioso que no nos hayamos encontrado en la Universidad del Rosario, porque él es parte de la junta directiva”. De Alfonso Valdivieso dice que le respetó ciertas decisiones, pero le critica “que hizo toda clase de fiestas para que lo nombraran”. Sobre Ernesto Samper dice que es un tipo divertido y “admirable en una cosa: cómo resistió ese horror que le tocó vivir.

Yo creo que todo ocurrió a espaldas de él. Tenía la ilusión de hacer una gran presidencia y se le fue el tiempo defendiéndose. No hemos conversado nunca”. Dice que César Gaviria era de una frialdad brutal. Se veían por lo menos dos veces por semana durante dos años y medio y nunca tuvo un gesto cordial de preguntarle cómo le había ido el fin de semana o si seguía jugando tenis. “Él también jugaba tenis. Pero esa frialdad era con todo el mundo, no solo conmigo. El único con el que le vi calidez era con Rafael Pardo. Se querían mucho. A mediados de 2014 hablé con Gaviria en la casa de Mónica, mi hija. Él vino a hablar con ella y ella me invitó y conversamos. Yo he querido reunirme con él a hablar de las reminiscencias de nuestra relación y por qué él se oponía a la legalización. En esa ocasión no quise hablarle de esos temas, porque estaba en una entrevista con Mónica y no les iba a aguar la fiesta”.

Dice que su relación con Maza Márquez es pésima, porque De Greiff puso en libertad a tres hombres inocentes que estaban en la cárcel por cuenta del asesinato de Luis Carlos Galán. “Esos pobres tipos llevaban dos años presos. Me lloraban diciéndome que yo no me imaginaba qué era estar presos siendo inocentes”. Sobre Dandenis Muñoz, alias la Quica, dice que no era ningún ángel, pero es inocente del atentado del avión de Avianca: “No alcancé a visitarlo en la cárcel y nunca he hablado con él. He hablado con su hermana, por correo. Es una injusticia terrible. Me dicen que tiene muy buen comportamiento en la cárcel ahora, que está en un aislamiento terrible, y no hay ni una sola prueba de que hubiera intervenido en el atentado.

Los gringos se llevaron al director de Medicina Legal de la época, con el permiso mío irónicamente, y él declaró el horror de cómo era morir en un avión. Los jurados pensaron ‘qué horror lo que hizo este tipo’, cuando no había intervenido en este caso, y condenaron”. Sobre el fiscal Montealegre, De Greiff dice que está cometiendo un error: “Interviene mucho en cosas que tienen relación mixta delincuencial y política. Debería ser más prudente en ese sentido.Pero me parece un tipo inteligente. Y las sentencias de él en la Corte Constitucional son bastante buenas. Pero ya como fiscal me parece que se le ha subido un poco el poder”. Y sobre el procurador Alejandro Ordóñez dice algo muy breve: “Me parece detestable, porque es fundamentalista”.

Finalmente, habla sobre don Gabriel, Gabriel García Márquez: “A él le impresionaba que yo nunca le había dicho Gabo, como le decían muchos lagartos. ‘Usted siempre se dirige a mí como don Gabriel’”, recuerda que le decía. Pero De Greiff dice que lo mejor de García Márquez era la señora: “Es un ser humano magnífico. Muy querida, muy aterrizada, sencilla, nunca trató de ser importante por ser esposa de García Márquez. Tanto que un día contó que en un viaje la habían molestado mucho en las aduanas de Estados Unidos, y yo le dije que por qué no había dicho que era la esposa de García Márquez y me respondió: ‘No caí en cuenta de hacerlo’. Me pareció lindísima su sencillez. La llamé después de la muerte de Gabo. Nos vimos mucho en México, pero siempre quise evitar ser el lagarto que lo perseguía. Hablábamos mucho de la situación del país, de Cuba, de los problemas de la piratería en los libros y de México. Antes de venirme estuvimos en un restaurante que le encantaba a él en Reforma. Él era muy austero, no tomaba trago y estaba muy entusiasmado con el tenis. Tenía profesor. Nunca jugamos. Ya fallecido me pesa no haber estado más con él”.

Era el 31 de diciembre de 2013 y llegó la hora de buscar la maleta para dar la vuelta a la manzana. Gustavo Adolfo de Greiff empieza esa historia con la frase “esas cosas de la vida”. Y continúa con “la pendejada esa de la gente que cree que por salir con una maleta va a viajar todo el año”, y cuenta que su esposa se cayó por las escaleras y quedó muy herida en la cara y de una mano. Y continúa con “esas cosas increíbles de la ineficacia nuestra colombiana…, los médicos le trataron el problema de las heridas, pero no pensaron en tomarle una radiografía de la pelvis. Y se la tomaron cuando ya era tarde. Pobre”. Desde entonces, todas las escaleras de su casa tienen baranda, y todos los pequeños escalones para entrar a las habitaciones y salas y bibliotecas tienen rampas de madera por donde él se mueve con cierta agilidad. Y desde entonces, a sus 85 años, decidió vivir entre Peñalisa y Bogotá. Allá viaja con su chofer para huir, una vez más, del small talk: “Cuando murió mi señora, pensé que iba a empezar a venir gente amable a visitarme y quedarme sosteniendo conversaciones idiotas. Entonces me he consumido en Peñalisa, y paso más tiempo allá que en Bogotá. Juego tenis todos los días, aun cuando desgraciadamente me está dando un problema de circulación que a veces me sube mucho la tensión arterial y entonces me comienzan a dar indicios de desmayo. Entonces tengo que suspender el juego. Soy el jugador más viejo del Club Country y Peñalisa. Pero hay días en que estoy perfecto, como de quince años, me muevo, corro como loco, juego divinamente, pero otros días tengo ese problema de tensión.

Juego con los caddies, uno piensa que salió una raqueta nueva y que hay que conseguirla porque debe ser una maravilla y bueno… juega uno con un caddie que tiene una raqueta vieja, descolgada y le gana a uno de todas maneras. El problema es el swing y no la raqueta”. Al graduarse del Colegio San Bartolomé, los papás de De Greiff le regalaron un viaje a Cartagena. Allí estaba una tía que era amiga de la mamá de Inés. Se conocieron en el Hotel Caribe. Duraron seis años de novios, sesenta años de relación en total. Él habla de ella todo el tiempo. Incluso, las cartas que le envió Pablo Escobar durante la época en que fue fiscal general las guardó Inés y hoy nadie sabe dónde pueden estar entre tantas bibliotecas y archivos.

De Greiff dice que la soledad le ha dado muy duro. Que pensó que la gente que le gustaba leer nunca iba a estar sola. “¡Y a mí que me fascina leer! Pero ya cuando uno está mucho tiempo solo, es terrible. Con Inés tuve sesenta años de relación. Yo le hubiera contado a Inés la conversación que tuvimos, le hubiera dicho que ustedes iban a venir. Ustedes no se imaginan lo duro que es cuando se ha formado una comunidad tan íntima. Todos los días, cuando ocurre algo aquí en Colombia, muerta Inés, digo ‘tengo que contarle a Inés’ y realizo inmediatamente la imposibilidad de hacerlo… Yo nunca tomo café. Y cometo siempre la grosería de no ofrecer porque no se me ocurre. Qué pena con ustedes”.

Por: Simón Posada / Fotografía: Pablo Salgado

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